Pasemos a ocupar la primera fila.

Pasemos a ocupar la primera fila

 

Danner González

Ex diputado federal, Vicecoordinador del Grupo Parlamentario de Movimiento Ciudadano y Consejero del Poder Legislativo ante el INE en la LXII Legislatura.

@dannerglez

 

En una reciente charla que tuve con estudiantes universitarios, me pregunté por qué, pese a estar abarrotado el auditorio, nadie había ocupado la primera fila. Los alumnos se habían sentado a partir de la segunda hilera de butacas y no hubo poder humano que los moviera de allí. Recordé mis días de estudiante. Adelante se sentaban “los sabelotodo”, “los queda bien” prestos a interactuar con los maestros. Era incluso de mala reputación sentarse allí. Es probable que la historia se repita a partir de ese miedo escolar, hasta llegar a toda suerte de eventos públicos, lo mismo si se trata de una capacitación para el trabajo, de una conferencia, o de la presentación de un cómico. ¿Y si me hace el centro de sus chistes? Mejor no, mejor en la comodidad de la audiencia indistinguible, pensamos a menudo.

 

Mi charla versaba sobre la participación ciudadana en la transformación de México. Hablé de los movimientos que están cambiando la forma de hacer política en el mundo y de cómo la organización ciudadana es esencial para transformar la política tradicional, esa que nos tiene indignados, desencantados, apáticos, pero también, francamente encabronados. ¿Qué hacer? ¿Cómo podemos cambiar esa realidad? Me preguntó alguien, una vez roto el hielo, desde la parte de atrás del auditorio, pomposamente llamado Aula Magna. Hasta los títulos de los salones están hechos para intimidarnos, pensé.

 

Respondí con otra pregunta: ¿Por qué nadie se ha sentado hoy en la fila de enfrente? ¿Por qué en casi cualquier evento público sucede lo mismo? Los organizadores o el ponente invitan a ocupar los lugares de adelante para que no se vea vacío y al hacerlo se topan con una negativa rotunda. Alguien se excusó tímidamente: “es que nos dicen que la fila de adelante es para los maestros, o para los invitados especiales”. Otro alumno, entendiendo lo que preguntaba, contestó con voz resuelta: “No nos atrevemos, nos da miedo que nos pregunten y no saber las respuestas; o cuestionar a la autoridad y atenerse a las represalias”. Claramente el joven ya no hablaba de los asientos del salón, sino de la realidad de nuestro Estado y del país. Habló de los jóvenes universitarios golpeados, de los recursos que no llegaban a nuestra Universidad, del miedo paralizante que todos en algún momento sufrimos. La autoridad académica a cargo comenzó a ponerse nervioso y pidió acelerar las preguntas pretextando falta de tiempo.

 

A eso le apuestan las estructuras de poder: a intimidarnos, a dejarnos estáticos por miedo a las represalias o a la violencia desatada que vemos en las calles. Los partidos, los gobiernos, los sindicatos, la Iglesia, nos convocan en tanto que masa amorfa e indistinguible. ¿Quién pregunta o replica en misa? Cien años después, aún vemos a la figura presidencial como un poder monolítico e imperturbable. ¿Qué horas son? Las que usted diga, señor presidente.

 

El éxito de los mítines de los viejos regímenes radica en la capacidad de acarrear porristas, que no cuestionarán y sí, en cambio, aplaudirán con júbilo. “El acarreado –ha escrito Fabrizio Mejía Madrid–, es el reverso del ciudadano, su rostro negado y opuesto. Es un sujeto que no puede ser enunciado en singular, sino en masa, porque no importa quiénes sean sino cuántos son”. Ese es el tipo de ciudadanos que no podemos seguir siendo: los encabronados de la masa amorfa, los tímidos de la segunda fila para atrás, siempre para atrás, nunca para adelante.

 

Pasar a ocupar la primera fila implica ser ciudadanos activos, no tenerle miedo a las preguntas y mucho menos a las respuestas erróneas, organizarse alrededor de causas concretas: nuestra ciudad, nuestra comunidad, la mejora de nuestros hospitales y escuelas, la lucha por mejores condiciones de trabajo y salariales. Pasar a ocupar la primera fila es decir: sí, yo encabezo; sí yo propongo; sí, yo participo. Es cambiar el chip de la forma en que vemos la política y decidir que nunca más volveremos a ser espectadores mudos, sino protagonistas de una transformación que no lograremos en la trastienda de la historia.  

 

 

 

Ismael del Toro