Gobernar desde lo urgente

México no es un país de desarrollo sostenido. Eso se sabe. No sin razón Carlos Monsiváis decía que aquí el tiempo no se mide por años sino por sexenios. Cada gobernante recién instalado en su encargo insiste en marcar de inmediato diferencias entre él y su antecesor. Se trata de una larga tradición que al menos en el siglo XX encuentra su origen en la necesidad del Presidente Cárdenas de cortar de tajo el cordón umbilical del Maximato. Ese momento histórico crea un paradigma: la república de los cacicazgos. Todo alcalde o gobernador construirá su ínsula privada, si bien acotada por el Poder Presidencial omnímodo.

            El oficio de gobernar por lo tanto, debe analizarse en su conjunto desde una visión historicista que explique por qué nuestros sistemas de gobierno, han sido como hasta ahora, sistemas fallidos. A propósito de la interpretación de la historia, Michel Foucault escribió en El orden del discurso: “lo importante es que la historia no considere un acontecimiento sin definir la serie de la que forma parte, sin especificar el tipo de análisis de la que depende, sin intentar conocer la regularidad de los fenómenos y los límites de probabilidad de su emergencia”.

Hagamos un rápido análisis del contexto actual de la crisis de gobernabilidad en que se encuentran sumidos los tres órdenes de gobierno.

            Agotado el tiempo de la hegemonía presidencial priísta, surgió una crisis en la rectoría del Estado que consolidó las tentaciones virreinales de gobernadores que construyeron feudos en donde fundamentalmente hicieron dos cosas: endeudar al Estado y crear una nueva clase política improvisada que, a su salida, les cuidase las espaldas, aunque no tuvieran ninguna formación ni experiencia en el difícil oficio de gobernar. Aunado a lo anterior, se construyeron alianzas contra natura, que sin un programa afín entre sus coaligados, colocaron gobernadores que pactaron con todos los sectores, lo mismo con las disidencias que con las élites económicas. Lograron su objetivo, pero a un alto costo: muchas facturas por pagar y una crisis de gobernabilidad sin paralelo.

            El imperio de la mercadotecnia política y las carretadas de dinero en campañas lograron candidatos carismáticos, cuyo patrón se repite por todo el país: buenos candidatos, malos gobernantes.

Pero volvamos al momento de inicio de un nuevo gobierno. Las cosas empiezan más o menos del mismo modo que en el fútbol con la llegada de un nuevo técnico: Nuevos esquemas, nuevos jugadores. De nada sirve que el anterior gobernante haya instrumentado planes o programas exitosos, el nuevo vendrá a cambiarlo todo. En la mayoría de las veces los cambios son de forma, no de fondo. Se le cambia el nombre a los programas, se reemplazan los manuales, los colores, las vestiduras. Y cada que alguien critica al nuevo gobernante y osa compararlo en detrimento suyo con el anterior, un burócrata voluntarioso, de esos que por no distinguirse entre la fauna de oficina acaban por autonombrarse Godínez, define orgulloso el momento: –Es el estilo personal de gobernar.

Con el estilo personal de gobernar, llegan los cuates y también las cuotas. Comienza la debacle. Las finanzas se encuentran quebradas. Los servicios públicos deficientes. La inseguridad es un iceberg del cual el gobernante apenas alcanza a ver la superficie. ¿Por dónde empezar? Se pregunta. “Hay que cortarle la cola al ratón –le dijo el economista Milton Friedman al gobernador de Sichuán, China, en 1993– pero no centímetro a centímetro. Para que duela menos hay que hacerlo de golpe.” El gobernador le respondió al viejo profesor de la Escuela de Chicago: “Nuestro ratón tiene tantas colas que no sabemos cuál cortar primero”.

Las muchas colas de nuestro ratón han hecho que el Estado mexicano viva en permanente estado de emergencia. Alcaldes, gobernadores y el Presidente de la República pierden de vista lo importante, se ven imposibilitados a instrumentar sus agendas de campaña ante la necesidad de atacar los incontables problemas que surgen todos los días. A menudo se ven reducidos a la función de meros apagafuegos que rápidamente se acostumbran a gobernar desde lo urgente, perdiendo de vista la planeación y la estrategia.

            Un gobernante recién electo representa la esperanza de los ciudadanos que lo eligieron. Quienes votaron por él, para hacer el cambio, son conscientes de la magnitud de los problemas que dejó el antecesor, pero esa no puede ser justificación para la inacción o para no solucionar las demandas ciudadanas. Las sociedades no esperan fórmulas mágicas, pero tampoco excusas permanentes. En consecuencia, cada gobernante debe saber medir sus tiempos y tener la capacidad de adaptarse a los requerimientos de la sociedad que le ha tocado gobernar; debe rodearse de los mejores hombres y mujeres y continuar preparándose siempre. La intuición histórica requiere de un largo proceso formativo. Gobernar bien no es producto de improvisaciones u olfatos. 

            Gobernar desde lo urgente es el signo de nuestro tiempo. Los resultados están a la vista: una República en emergencia, Estados endeudados y en crisis, municipios sin un futuro alentador. Quienes gobiernan de este modo son legión. Gustan del aplauso fácil, de la adulación y del consejo aúlico. Lentamente van distanciando a quienes tienen opiniones propias, alrededor suyo. No escuchan. Ordenan a gritos. Es posible que llegaran al poder con buenas intenciones, pero al toparse de inmediato con lo que Kapucinski llama en La guerra del fútbol, “la resistencia de la materia”, es decir, de todo lo que se conjura para bloquear un buen gobierno, acaban cediendo a la tentación autoritaria del poder unipersonal, al desprecio por gobernados y consejeros, y terminan construyéndose una torre en donde al final del día, están en la cúspide, pero están solos. Han dejado ir la oportunidad de transformar su entorno, en medio de desatinos, ocurrencias y dislates. Allí una de las más grandes tragedias de nuestro tiempo.

Ismael del Toro