El día que Iñárritu quiso ser Kubrick

La soberbia es mala consejera. The Revenant me ha dejado una sensación extraña. Sé que la forma es un éxito, pero algo de la película no acaba de convencerme.  Le doy vueltas y trato de despojarme de prejuicios. Soy groupie de González Iñárritu, ahora rebautizado Alejandro G. Iñárritu para fines hollywoodenses. González somos muchos. González es legión, de la estirpe de don Gonzalo González de la Gonzalera. Alejandro rebautizado, o renacido, tiene una G y un punto, que no un punto G, pero volvamos al punto. Digo entonces que debo despojarme de prejuicios de ese tipo y analizar la obra en cuanto pieza cinematográfica. No importa si es o no mexicano. Personalmente creo que el cine no debe concebirse atendiendo a clasificaciones reduccionistas: mexicano o ruso, peruano o alemán. El arte cuando es tal, es patrimonio universal y atemporal. He leído artículos que lo elevan ya al Olimpo cinematográfico y lo sitúan al lado de los grandes nombres. 

Iñárritu es ya, un superventas. Leo alguna entrevista que concede sobre la película y lo veo construir su propio mito. Habla insistentemente de los retos del rodaje: los que no aguantaron y renunciaron, las temperaturas extremas y la dificultad de las locaciones, las pocas horas diarias que tuvieron para grabar y su genio obstinado en busca de la perfección. Después habla de Di Caprio -que es al Óscar lo que Murakami al Premio Nobel de Literatura- y todo ese terco debate sobre la estatuilla. Ahora sí lo merece, comió carne  cruda, peleó con una osa, durmió adentro de un caballo muerto, venció a la muerte. Toma eso, Haruki.

Y sí, todo eso está muy bien, los efectos de sonido de auténtico pasmo, la fotografía genial de Lubezki y algunas escenas a lo Tarkovski -esa insistencia con los árboles meciéndose al viento-, la levedad y la reiteración de la muerte que ronda. Todo mundo elogia que haya grabado solamente con luz natural, y nadie parece advertir que el esfuerzo de Iñárritu se queda en tentativa si se coteja con la obra maestra que inspira el ensayo: Barry Lyndon de Stanley Kubrick (1975). Queda claro que Iñárritu ha hecho un alarde de forma. Esa es la primera conclusión a la que llego. La estructura de The Revenant es casi perfecta, pero algo falla. Pienso en Birdman y creo intuir lo que me incomoda: En su obsesión por la forma, Iñárritu ha dejado floja la historia, la sustancia humana. Glass es una especie de autómata que lo resiste todo, un Mario Almada del que poco sabemos. Sabemos que arrasaron la aldea en donde vivía su familia, la mujer y el hijo que ama por sobre todas las cosas. Fuera de eso, Glass es un desamorado sin motivaciones para vivir, excepto sus recuerdos, como Maximus Decimus Meridius en Gladiador. Si en Birdman el director logró retratar la compleja humanidad del personaje, en el que por cierto despliega (en ese ejercicio surrealista que es el vuelo) eso que Italo Calvino llamaría una constante antropológica en el nexo entre levitación deseada y privaciones padecidas, no sucede lo mismo en The Revenant. 

La historia carece de profundidad, de verosimilitud, quizá porque Iñárritu lleva más allá del límite la teoría del iceberg y piensa que no hace falta mostrar más de lo que cuenta. No nos queda clara la "verdad verdadera" de la trama, pues lejos de contarnos la historia de su familia y de la mujer que ama, se limita a mostrarnos una imagen romántica y dulzona que hemos visto en los filmes de Hollywood hasta la saciedad. Recuérdese en la mujer que pierde Wolverine y que lo orilla a su periplo de peleador solitario e invencible, o esa montaña de lugares comunes e idealismo que es Corazón Valiente. Nada sabemos y sería genial que nos contara aunque sea en unos cuántos minutos sobre el comercio de las pieles por las que se pelean aborígenes, franceses y americanos. Pieno en la magistral narrativa de Melville en Moby Dick sobre la economía del aceite de ballena. 

En suma, Alejandro G. Iñárritu ha hecho una obra en la línea de una buena película hollywoodense, con todos los elementos puestos para ganar Óscares, incluido el de Mejor Actor de Leonardo di Caprio, por fin. En tu cara, Murakami. Es ya uno de ellos, es voluntariamente o no, un miembro destacado de la industria de la Academia y la suya será una película multipremiada y para la que no habrán de escatimarse elogios. Pero eso está lejos, muy lejos, de convertir a The Revenant en una película del Gran Cine, en una obra de arte. 

 

Ismael del Toro