Volver a ganar la calle


Publicado en Tempo

A la memoria de Julio Anguita y Bertha “La chaneca” Maldonado.

Partamos de una premisa básica: Hay quienes piensan que el neoliberalismo es un fantasma conjurado por las izquierdas que, como en la fábula, amenazan: ¡ahí viene el lobo! Los usos del discurso político han propiciado esta idea, pero lo cierto es que la doctrina neoliberal existe. Surgió en 1938 tras una reunión de intelectuales entre los que se contaban Milton Friedman y Friedrich Hayek, por citar a algunas de sus figuras señeras. Tras la crisis del 29, el mundo de las ideas puso a examen las concepciones económicas existentes. Así, los autonombrados “neoliberales” revisaron las tesis del liberalismo clásico y diseñaron una agenda en la que primaba la libertad de mercado por encima de las libertades políticas. Los años setenta  fueron el tiempo y el espacio idóneos para que los intelectuales neoliberales materializaran sus postulados, primero en Gran Bretaña y Estados Unidos, y después por todo el planeta.

El siglo XX había supuesto la confrontación de dos visiones: el capitalismo de las grandes potencias frente a la amenaza del comunismo. Pronunciado así suena como a la Guerra de las Galaxias, pero así fue publicitada la confrontación del mundo bipolar que originó la Guerra Fría. La humanidad, curada de espanto, había visto para entonces dos conflictos mundiales, varias revoluciones y guerras civiles y ahora veía enfrentarse silenciosamente por décadas a dos potencias (Estados Unidos y la Unión Soviética), siempre sin tocarse, como midiéndose mutuamente, mientras predicaban en los cinco continentes, cada uno, su doctrina.

Tras el desencanto de la utopía comunista, poco ayudó a las izquierdas el discurso de quienes continuaron adoctrinando a su militancia con teorías soviéticas de quienes habían leído mal a Marx, o no habían querido entenderlo. A menudo, la concepción personal de la realidad se ve distorsionada por nuestro muy particular marco conceptual.

Desde esa concepción personalísima, permítaseme sostener que la forma de comunicar de las izquierdas –sí, también hay muchas izquierdas, pues la diversidad enaltece el respeto a la pluralidad– ha sido a menudo poco eficaz frente a una derecha articulada en universidades, empresas, fundaciones, medios de comunicación, prácticamente en todos los sitios públicos y privados. Los conservadores –también existen y no los inventó Andrés Manuel– nunca han dejado de transmitir sus mensajes. Han invertido enormes cantidades de dinero en su prédica “liberal”, más bien mercantilista. Han fundado escuelas, periódicos, canales televisivos y recientemente, inyectan mucho dinero en el control de las redes sociales por las que navegamos todos los días.

Suena trasnochado, insisto, por los usos y abusos del discurso, pero el imperialismo existe y la doctrina neoliberal se replica todos los días en el mundo. Muchos de quienes han acudido a renombradas instituciones de educación privada, conscientes o no, han sido adoctrinados en el neoliberalismo para preservar sus postulados a sabiendas de que serían los nuevos líderes del mundo occidental. Sin demérito de la educación privada, lo que sostengo es un hecho y no una conjetura. Fueron estos avezados tecnócratas quienes instauraron a partir de los años ochenta lo que Joseph Stiglitz ha llamado el “fundamentalismo de mercado”.

El pasado 5 de abril, el filósofo e historiador Yuval Noah Harari, mundialmente conocido por su best-seller De animales a dioses. Breve historia de la humanidad, publicó en el Financial Times sus reflexiones sobre la pandemia. Ante la mayor crisis de nuestra generación, escribió, “hay que preguntarse no sólo cómo superar la amenaza inmediata sino también qué clase de mundo queremos habitar una vez pasada la tormenta”. Viviremos en un mundo diferente, las emergencias aceleran los procesos históricos, sostiene.

El mundo que ha enfrentado al COVID-19 ha planteado mientras lo hace preguntas para las que no estábamos preparados. ¿Había que cerrar los aeropuertos y sálvese quien pueda? ¿Practicar el aislamiento nacionalista o la solidaridad mundial? Y mientras avanzan los días, otras cuestiones se suman a la lista: ¿Se ampliarán las fronteras de la seguridad, para llegar a una vigilancia biométrica donde el Estado estará informado en tiempo real hasta de nuestras emociones? La alegoría, planteada en la tercera temporada de la serie Westworld, parece subrayar una lección básica: cuanto más civilizada está la humanidad, más salvaje se vuelve.

¿Y los progresistas? ¿Qué clase de progresismo estamos construyendo para el mundo que habrá de afrontar la Nueva Normalidad? ¿Es necesaria una nueva doctrina progresista para el siglo XXI? Es cierto que las utopías desencantan, pero sirven como hojas de ruta, señalan caminos. De lo contrario, el político caminaría en la más absoluta e incierta tiniebla.

Norberto Bobbio escribió en Derecha e Izquierda (1995): “Es preciso levantar la cabeza de las rencillas cotidianas y mirar más arriba y más lejos.” El eterno debate sobre si están superadas las posiciones ideológicas de la izquierda y la derecha continuará porque se trata fundamentalmente de dos visiones distintas del mundo. Los conservadores seguirán adoctrinando en la idea del libre mercado y los progresistas seguiremos insistiendo en la igualdad y la dignidad de los seres humanos. Pero no podemos seguirlo haciendo de manera reactiva, defendiéndonos de sus mezquinos embates todos los días.

El peor error de un movimiento como el nuestro, que luchó por tantos años en la calle, sería pensar que tras el triunfo debe recoger sus banderas. Es tiempo de una militancia proactiva y de una amplia convocatoria a todas las izquierdas, para construir el nuevo progresismo, al tiempo que se sostiene, desde abajo, al movimiento que nos tomó tanto tiempo llevar al gobierno. Es tiempo de volver a ganar la calle.

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